lunes, 12 de junio de 2017

Intentarlo

De nuevo volvía a encontrarse en el mismo punto, sin posibilidad de retorno y con las farolas fundiéndose a su paso. Una respiración más, pensó mientras apoyaba la mano sobre el pecho, solo necesito eso para seguir adelante. El aire entró por la boca, estancándose antes de completar su recorrido, dejando a los pulmones con una súplica ahogada en los labios. Lo intentó de nuevo, sin mejorar lo más mínimo el resultado. 

Asustada por perder, exhausta del camino que había recorrido y temerosa por el trecho que todavía faltaba, se sentó a un lado de la carretera. Era noche cerrada, ni si quiera las estrellas se habían atrevido a salir. Pensó en que pasaría entonces. ¿Aquel era el final que tantas veces había imaginado? ¿Allí se acababa todo? Rodeada de colillas a medio quemar, chicles ennegrecidos y con la angustia del que ha empezado algo que sabía que no iba terminar. Un zumbido la distrajo. Sacó el teléfono sin ganas, con las manos débiles y el corazón ausente. Las palabras se sucedían a lo largo de mensajes incontables, suplicas para que arrojara algo de luz sobre un asunto que ya empezaba a sentir como ajeno. Tecleo una respuesta corta, sencilla, sin pretensión de nada salvo de informar. "Estoy harta. Voy a dejarlo". La respuesta fue casi inmediata. "No, porque puedes con esto y mucho más". 

Y por mucho que lo intentó, por mucho que quiso pensar que solo era la ansiedad, que una vez más se enredaba y trepaba por su cuerpo para destruirla, no pudo. Siguió viendo todo oscuro durante minutos que se tornaron en horas. Ningún coche pasó frente a ella, ningún caballero vino a su rescate. Estaba sola, por más que no lo deseara. 

A las dos horas una fotografía ocupó parte de la pantalla. Barcelona, brillando bajo el sol del atardecer, luciendo más hermosa y encantadora que nunca, le sonreía. Parecía a punto de salir, de darle la bienvenida a pesar de los kilómetros que la separaban de ella. 

"No importa nada más. Olvídate de exámenes, de epígrafes y de temas que no has estudiado aunque deberías. Solo piensa que estaremos algún día allí, juntas". Sonriendo, contestó un par de palabras, quizá un emoticono. Se quedó sentada un par de minutos más, buscando fuerzas que no tenía pero que necesitaba. Acabó por levantarse, moviendo un pie tras el otro, sintiendo cada golpe del asfalto en las rodillas, aguantando los quejidos cuando sentía dolor. Esto acabaría, porque los malos días no tienen más de veinticuatro horas. Porque por mucho que nos asuste el sol, siempre llega la luna. Porque daba igual cuanto se pusiera ante ella, lo superaría como el resto de veces. Y porque al otro lado de la pantalla, a 369 kilómetros, había alguien que todavía creía en ella. ¿Y no era ese motivo suficiente para seguir intentándolo? 

A Daya, esa amiga que nunca he abrazado, pero que siempre sabe como consolarme. Ni todos los kilómetros del mundo ni todos los exámenes de la universidad podrán contigo. 

miércoles, 8 de marzo de 2017

Candela

Candela no era madre. Tampoco esposa. Hija a ratos. Hermana solo en la memoria. Candela era mujer. Guerrera y algo perezosa. 

Así se presentaba cuando conocía a alguien, y con sonrisa inocente, le preguntaban que era. "¿Tiene niños? ¿Es usted madre?" Y ella, subiendo las gafas de sol hasta la coronilla y arqueando las cejas con mofa, decía entre una risita pícara "Mire usted, hijos no tengo y tampoco los quiero. Yo soy mujer, que suficiente trabajo es ya." 

La gente la miraba con curiosidad, como si fuera un espécimen raro que tuvieran que estudiar, entender, descubrir los secretos que escondía para así poder desenredar lo que fuera que hubiera dentro de su mente. ¿Ser mujer y no ser madre? ¿Ser mujer y no ser esposa? ¿Ser solo mujer? Demasiado raro y sospechoso. Algo tenía que haberse roto dentro de ella. Y es que Candela, con todo el genio con el que nació, no veía necesario echarse a la espalda batallas que no tenía fuerzas para librar. "Ser madre es algo que se hace por vocación, como el ganchillo o la cerámica. Tienes que tener ganas para hacerlo, porque si no te sale un batiburrillo que ni es niño ni es nada. Una criatura necesita de la energía completa de una persona, y yo esa energía ya la gasto en ser alguien. Madre no, por supuesto." Y se reía en voz alta, dando un trago a la cerveza y encendiéndose un cigarrillo. 

Candela no tenía marido, pero si amantes. Algunos decían que los coleccionaba, y con ese algunos me refiero a su padre. Llevaba la cuenta de cada chico que salía de su casa. Inconvenientes de vivir puerta con puerta con tus padres. Siempre que la veía era el mismo cuento. "Si quieres vivir la vida, vívela. Pero sienta la cabeza de una vez, hija mía." Y Candela, que era descarada por elección propia e imprudente de nacimiento, alzaba la voz, sacaba pecho y daba un golpe en la mesa, haciendo temblar los platos de lentejas. "Yo la cabeza la tengo muy sentada, gracias. Tengo una casa, un trabajo que es la ostia y una vida con la que estoy muy contenta. ¿Qué más quieres?". Su padre no decía nada, solo la miraba, resoplaba y volvía a su plato de lentejas con la cabeza agachada. "Pues hijos", pensaba el hombre ", lo que cualquier mujer debe de tener.". Si Candela no se comprometía con nadie era porque era libre. De esta forma tenía lo que quería, tanto ella como sus amantes, que no era más que un par de horas de sexo y una charla ligera después, en la que ninguno de los dos presta atención pero aun así hablaban, disfrutando de la intimidad proporcionada por un coito pasajero. Candela podía elegir, y ella amaba poder hacerlo. Si algún día quería algo serio, ya lo buscaría. Por ahora estaba mejor así, sola, acompañada a ratos, y con una casa entera para ella. Sin pelos en la ducha ni migas en la encimera. 

Durante el café de las tres y media con Sofía, la amiga que siempre está ahí para pasarte una compresa por debajo en los baños, la conversación siempre acababa de la misma manera. Candela aceptaba el cigarrillo encendido de la mujer, y dando una calada más larga de lo habitual, soltaba el humo con una elegancia casi impropia de ella. "Tenemos que luchar por cada maldito derecho, aguantar que nos toquen los cojones mientras sangramos cada puñetero mes. Tenemos que arrancar cada mínimo pelo de nuestro cuerpo, porque si no el mundo entero se escandaliza. Estar delgadas porque si no significa que te has dejado. Y aun así, parece que no es suficiente. Necesitan que tenga un chiquillo, que le ponga un nombre ridículamente de moda y que deje todo a un lado para dedicarme a él. Y si no te dicen que tu tranquila, que puedes ser trabajadora, madre y malabarista ya de paso. Pero, oye, que si lo haces, si dejas al pequeñajo en la guardería para irte a trabajar es que eres una mala madre, que no piensas en la criatura y que prefieres tener una carrera brillante. Pues mira, yo no voy a pasar por el calvario de un embarazo para acabar con los bajos hechos trizas y un bebé que no quiero. Si ya lo dice mi madre, que los bebés son monos, pero cuando son de otro." 

Candela era  luchadora, trabajadora, solitaria, sexual, sincera, clara, gruñona y creativa. Canela era la persona que quería ser, al margen del mundo, de los juicios vacíos y las miradas acusadoras. Candela era mujer. 

martes, 7 de marzo de 2017

Palabritas: SAUDADE

Durante toda mi vida me he topado con sensaciones o sentimientos que no tenían nombre en español, pero si en otros idiomas. Hace solo unos días me encontré con unas imágenes que circulaban por twitter que nombraban algunas de esas palabras mudas en mi idioma. En esta nueva sección voy a nombralas, a darles voz y una historia. ¡Espero que os guste!


SAUDADE: Palabra portuguesa que se refiere a la melancolía extrema por algo que amas y has perdido. 

Maia. La pequeña Maia. Solo era un alma más, perdida, arañada por el tiempo, quizá también por el miedo. Ojos castaños, piel morena, pelo rizado recogido en un moño sin orden. 
Maia. La dulce Maia. Bailaba hasta sangrarle los pies. Cantaba hasta quedarse afónica. Lloraba hasta quedarse seca. Ágil, esbelta, elegante bailarina que hacía equilibrios sobre los dedos.
Maia. La solitaria Maia. Ferviente guerrera que llevaba a cuestas cada batalla, que recordaba cada muerte, que rezaba por cada corazón roto por su espada. Demasiado valiente. 
Maia. La fugaz Maia. Sus sonrisas aparecían cuando nadie las podía ver. En la madrugada de invierno, en las tardes de lluvia y apagones. En las sesiones de cine los domingos. Nadie la conocía. 
Maia. La pobre Maia. Nadie merece perder a todos cuando apenas está aprendiendo a ser persona. ¿Por qué ella sí? ¿Acaso el sol odiaba a la bailarina de manos delgadas y piernas fuertes? 
Maia. ¿Quién era Maia? ¿El cisne negro o la bella princesa? 
Que lastima que nadie se parara aquella tarde a mirarla a los ojos, a fijarse en el brillo opaco de las pupilas castañas mientras ella giraba y giraba sin parar, moviendo los brazos en un aleteo estático que no le permitía huir. 
Que lastima que nadie pensara que la niña de ojos asustados de las noticias pudiera ser ella, unos años después, algunas curas más tarde. Que las cicatrices estuvieran tapadas por tul y maquillaje, mentiras y sombras, brillos y sonrisas. 
Que lastima que nadie viera a la niña maltratada que tuvo que ver morir a su madre a manos de un monstruo cuya sangre corría por sus venas. La cubría por completo, pensaba al dar un salto tras otro, al escuchar la respiración entrecortada del público. El barro espeso, maloliente, se movía con parsimonia por su cuerpo y nadie lo notaba. 
Que lastima que nadie distinguiera el agujero en su pecho. Nadie vio a la mujer acurrucada en él, llorando desconsoladamente, cubriendo sus muñecas con las manos, intentando detener la sangre resbaladiza que no quería dejar de salir, de conocer el aire fresco. 
Que lastima que cuando la música acabó todos aplaudieran y nadie llorara por su madre, por Maia, por la muerte injusta. 
Que lastima que ella solo se inclinara y sonriera antes de salir de las luces de los focos, que no mostrara las líneas plateadas que marcaban su cuerpo como si de un tatuaje a gran escala se tratara. Que lastima que Maia siguiera echando de menos, mientras la gente le sonreía por el triunfo vacío de unos cuantos pasos de baile bien ejecutados.

lunes, 27 de febrero de 2017

He vuelto...

Es raro volver a sentarse frente al ordenador, con los nervios rebotando por todas partes y la mirada algo perdida, intentando rebuscar en mi cansado cerebro hasta encontrar la palabra que tengo en la punta de la lengua, haciendo malabares para no caerse. 

Los exámenes han acabado con mi paciencia, mis nervios y la poca alegría que tenía. Quizá esto último ya estuviera roto de antes, de cuando el frío llegó y la luz se fue haciendo más débil con el paso de los días. El calor se marchó a pasos agigantados y creo que fue entonces cuando empecé a alimentar este vacío en el pecho que cada vez está más hambriento, más inquieto, más molesto. Me siento como la llama de una vela a la que le pones encima un vaso, poco a poco dejándola sin oxígeno, ahogándola en su propio hogar. Y es que siento que me ahogo aunque el aire sigue entrando y saliendo de mis pulmones con la más absoluta normalidad, reviviendo los tejidos más blandos de mi cuerpo, empujándome a seguir caminando, un paso por vez. Y así estoy, dejándome llevar mientras intento adivinar como dejar de estar triste siempre y solo estarlo a ratos, cuando no tenga otra cosa en la que pensar o que hacer. 

Hace una semana pasó algo raro, al menos para un corazón consumido como el que luzco en mi pecho. Cogí un libro, uno que no llevaba el sello de la universidad en la portada o que se escribió hace siglos por un hombre que buscaba expresar el amor por una mujer que ni si quiera sabía de su existencia. Era un libro normal, de los que solía leer antes, cuando todavía sonreía por las mañanas, cuando a las nueve y cuarto entraba esa luz tan bonita por la ventana, que hacía que las sombras de las cortinas bailaran en la pared. Y pensé que quizá podría leer un par de páginas para conciliar el sueño, para ayudarme a olvidar el mundo por completo, incluida yo. Las horas se fueron arrastrando con una rapidez que recordaba como familiar, que me cosquilleaba en la piel y me hacía sonreír de pura emoción. Tres horas leyendo sin parar que se sentían como dos minutos respirando el aire fresco de un sitio distinto, de una isla en la que nadie podía encontrarme, reconocerme o herirme. Y la felicidad, o lo que se parece a ella, volvió a acurrucarse en mi pecho durante un par de días. Volví a encender velas, como hacía hace unos años, y me quedé embelesada en el baile lento que hacía la llama sobre la mecha, viejos amantes que se reencontraban para acabar el uno con el otro a base de besos. De nuevo, me paré a escuchar la lluvia sobre el tejado, y no solo como una mera nana de cuna antes de caer dormida.No, volví a tumbarme en la cama durante horas solo a escuchar, a pensar en que se sentiría al notar las pequeñas gotas sobre la piel, frías caricias que todos acabábamos anhelando. 

Ahora la tristeza a vuelto a reclamar su lugar, no dejando espacio ni para la ira ni para ningún otro sentimiento. Era de ilusos pensar que eso no pasaría, pero también era un bonito sueño con el que fantasear. Lo bueno, y creo que eso es lo positivo de todo este relato, es que creo que ya no quiero estar triste. Ya no me da igual sonreír o no. Quiero sonreír, y reírme hasta que se me salten las lágrimas, y bailar en medio de la calle cuando nadie mire, con mi canción favorita en los auriculares. Quiero morderme el labio antes de llorar con una película, y quizá incluso balbucear un par de palabras que nadie entiende. 

Voy a ser feliz, aunque los golpes de la vida me vayan dejando heridas. Estas sanaran, como siempre hacen, y si quedan cicatrices, da igual. Una señal de que al menos luché, de que aunque una batalla parecía demasiado dura para este alma rota y vieja, luché. 

He vuelto a escribir en mi pequeño rincón, y creo que ese es el primer paso para curarme. 

martes, 20 de diciembre de 2016

Un audio, un baile y un café

Pulsó el botón de grabar un segundo antes de expirar otro de los ya muchos suspiros que habían pasado a ser la única música que rozaba sus labios. Las palabras salieron a borbotones, sin que una continuidad las fuera hilando hasta crear algo parecido a un soliloquio. Los silencios fueron comiéndose las frases a medida que la joven se retorcía hasta ser mínima, invisible en medio de una cama demasiado grande para ella. Se perdió entre las sábanas, todavía con el dedo pegado a la pantalla, grabando una voz apagada incluso antes de empezar. 


Todos la miraron al llegar, sonriendo a la vez que se recolocaban para ofrecerle una silla. La muchacha se quitó el abrigo, la bufanda y el resto de capas de llevaba encima para huir del frío. No tardó en llegar su café caliente, y con él, la charla variable de unos y otros. Se fueron formando pequeños grupos, hasta que las conversaciones eran demasiadas como para estar pendientes de todas.



Imagen relacionada
Sara Baras en Mérida. 
Sofía no bailaba. Tampoco ejecutaba una serie de pasos con la perfección técnica de una bailarina profesional. Ella sentía. Movía las manos acariciando el aire, apreciando el roce de la falda entre los dedos, acunando la luz de los focos para dejar que esta se derramara sobre ella. Cada taconeo, cada giro que retiraba el rostro de la vista del público y le ponía la mirada en el cielo, salía del corazón. Las entrañas se retuercen hasta que sale el baile, susurraba una bailaría de nombre ya borroso en aquel documental que ya casi había olvidado. Aquella noche el cerebro se marchó por la puerta mientras ella se colocaba las medias. Nadie lo notó. 


Sofía se acercó a Carlos, un chico demasiado tímido como para emprender por sí mismo cualquier cosa. Las palabras fueron surgiendo a cuentagotas, pero el ambiente se relajó y todo se fue desliando hasta ser tan simple como respirar.
  - ¿Qué tal todo? Últimamente no vienes a clase.
      -  He estado algo pachucha y he preferido quedarme en casa.
      -  Tienes buen color de cara… 
     Una sonrisa forzada torció sus labios, secos y quebrados, mientras tomaba otro sorbo del café. 

Los labios perdieron el control, el débil cable que unía el cerebro con aquella boca marchita se rompió. Lo pudo sentir en la espalda, el escalofrío haciéndola vibrar a medida que la recorría. Una última frase se abrió paso hasta expandirse en el ambiente cargado de una habitación que no ha sido ventilada en días.
   -Tengo la sensación de que el mundo estaría mejor sin mí.

Solo la veían a ella, a la luz propia que lo bañaba todo cuando salía al escenario, cuando hacía suyo cada centímetro de él, cuando conquistaba a cada uno de los espectadores a golpe de tacón. Se encapricharon de la chica apasionada, que parecía no ser consciente de que la observaban, que estaba cómoda con la mirada de todos clavados en los labios rojos que lucía. No notaron los pedazos rotos de un alma vieja, de la voz gritona que golpeaba las paredes de su cráneo con cada movimiento. Se perdieron en el balanceo de sus hombros, ignorando la sombra de los ojos. 
*   *   *
Hacía tanto que no participaba en este maravilloso proyecto que estaba algo oxidada. No quiero hacerme responsable de lo que salga aquí. Simplemente son los desvaríos de una escritora hasta arriba de cafeína y algo falta de creatividad. 

*  *  *
Esta vez os proponemos un experimento de cohesión y coherencia. Se trata de escribir tres textos breves, que pueden quedar inacabados, y mezclarlos. Uno de ellos como máximo puede no ser vuestro, pero deberá estar bien referenciado. Podéis utilizar una lógica interna para combinar los textos, o no. Podéis dar alguna pista tipográfica al lector para que identifique las piezas por separado, o no. No es un experimento arbitrario: os daréis cuenta al hacer el ejercicio de que la coherencia en un texto es muy importante, y de que a veces perder el control puede ser muy interesante. Los lectores también tienen un reto en esta ocasión.

Instrucciones para participar:

1. Leer el “enunciado” del ejercicio.
2.Interpretar el “enunciado” del ejercicio libremente
3. Escribir lo que te sugiera
4. Publícalo en tu espacio
5. Cuéntanoslo para que podamos enlazarte tanto en los comentarios como por las redes sociales.

6. No olvides usar el hashtag #ColectivoDetroit, y disfrutar la participación al máximo. 

miércoles, 26 de octubre de 2016

Puñaladas en el silencio

Hacía días que no la veía. Era habitual en ella, presentarse frente a mí un par de días seguidos, pasando conmigo horas y horas en las que no dejaba de contarme cosas, para luego desaparecer una semana, un mes o incluso años. Yo no se lo echaba en cara, sabía lo mucho que ella necesitaba de su espacio. Era como si en sus visitas se vaciara por completo, derramando sobre mi todo. Cuanto pensaba, lo que rondaba su cabeza hasta los rincones más oscuros, y luego precisara de tiempo para volver a vivir, experimentar, sentir. Era la única forma de asegurarme una de sus visitas, dejándola seguir su camino.

Esta noche está distinta cuando la veo aparecer delante de mí. Está pálida, algo más delgada que la última vez, con el pelo grasiento y pegado al rostro. Tiene la nariz roja, los labios entreabiertos en un gemido constante, acallado por algo o alguien. Sé que va a doler, que hoy no nos espera una de nuestras charlas tranquilas, agradables. Me preparo, pero siempre la primera vez es más dolorosa. Durante la siguiente media hora dejo que me apuñale, me golpee, me moje con las lágrimas que no dejan de caer por su rostro, dulcificado por esas líneas infantiles que no llegan a irse nunca. Aguanto los arañazos con los labios apretados. Esta vez va a dejarme cicatrices, mi piel dejará de ser tan lisa y suave como antaño. No me quejo, la dejo hacer lo que quiera. Es lo que necesita, y yo debo de callar y aceptar.

Se marcha sin decir una palabra, seguramente demasiado cansada como para explicarme con calma que es lo que le pasa.

No volveré a verla, algo en mi lo presiente. Y no me equivoco. Pasan meses hasta que su madre me encuentra, aovillado en el fondo del cajón. Estoy en el último de ellos, escondido entre calcetines y medias que ella nunca se pone. Me dijo que era el escondite más seguro, que no quería que nadie supiera de mi presencia. Eso me hirió, pero como siempre, quedé mudo y acepté mi devenir con la mayor dignidad posible. Su madre me sostiene entre las manos temblorosas, y cuando empieza a llorar logro ver el parecido con su hija. Me manosea, estudia y acaricia durante horas. Observa las heridas todavía sin curar que me dejó aquella última visita. No dice nada, porque no hay nada que decir. Ambos sabemos la verdad, lo que significó aquella violenta despedida. Nunca más volvería a verla, y eso me hace sentir vacío, sin meta en la vida con la que soñar. Ella no volverá.


Ese es el inconveniente de pertenecer a alguien cuyo único pensamiento al acostarse es el deseo ferviente de morir. La echaré de menos, porque ahora no podré volver a gozar de la confianza de nadie, de las palabras y secretos susurrados cuando ya están todos durmiendo. Ahora quedaré sin terminar, viviendo en un constante limbo. Ni vivo, ni muerto. Solo a medias, sin completar. 

*  *  *
El ejercicio de esta semana ha servido un poco para quitarme el óxido en cuanto a temas de escritura se refiere. Algo me decía que antes o después llegaría algo así, y no puedo estar más contenta. Pasad por los ejercicios de Jen y Adri, son muchísimo mejores que el mío. ¡Hasta la próxima!

Esta semana os proponemos crear una personificación. En otras palabras, dar voz a algo que no la tenga o sea ininteligible. Podéis elegir un espacio, lugar, objeto, animal: el Corte Inglés, los calcetines de tu ex, el periquito del vecino. Y ya está, no tenemos más condicionantes.
Requisitos:
-Narrado en primera persona.
-Que el texto no sea la voz/pensamiento de un ser humano.

Ya sabéis de sobra las instrucciones para participar
1. Leer el “enunciado del ejercicio.
2. Interpretar el “enunciado” libremente. 
    3. Escribir lo que te sugiera. Protagonizado por un ser inanimado.
    4. Publícalo en tu espacio.
    5Cuéntanos para que podamos enlazarte tanto en los comentarios como por las redes sociales. 

jueves, 29 de septiembre de 2016

Barcos de papel

El folio era verde, como sus ojos. Aquellos que se le aparecían en cada esquina, en cada rincón de aquella ciudad ahora maldita, que la atormentaba con recuerdos dolorosos, supurantes de un amor que ahora la mataba en lugar de darle la vida. La tinta manchaba la superficie lisa, suave, acuchillada por aquellas palabras que nunca fue capaz de decir. Nunca sería demasiado tarde, eso le había dicho él. Las volvió a leer, con los labios entreabiertos, la punta de la lengua rozando los dientes. Ojos entrecerrados, huyendo del reflejo del sol en el agua del estanque, también maldito. Una mano revoloteaba alrededor de su cuello, como si tuviera que decidir si posarse en la piel erizada y fría o seguir allí, parada en medio del aire, tentada para siempre por la sensación suave de la carne viva bajo los dedos. Un sollozo atrapado en la garganta, quizá una palabra de perdón. Quizá de despedida. Nunca llegó a saberlo.

Hay veces que te hecho de menos. Camino por la calle, con la mochila tirándome de los hombros, recordándome a cuando era tu brazo el que descansaba allí. Suelo ir distraída, mirando más allá de la gente y los escaparates, tal y como decías que solía hacer. Recuerdo que confesabas una y otra vez cuando adorabas eso de mi, no sé si seguirá siendo así ahora.

El otro día, cuando volvía a casa del trabajo, estaba atardeciendo. Y el cielo estaba rosa… Bueno, más bien de ese color entre anaranjado y rosado que tanto te gustaba, él que decías que nunca tendría nombre. Eso también me hizo recordarte, y después, extrañar tu presencia cálida a mi lado. El silencio cómodo que me tranquilizaba, incluso cuando no estaba nerviosa. Había un chico sentado en la escalera de la biblioteca, la que no queda demasiado lejos de mi casa, y juré ver tu rostro en el suyo. Pero solo resultó ser otro más con una cara anónima, unos ojos fríos y desconocidos que no me miraban con la misma calidez que tenían los tuyos. No me paré, no intenté entender a que venía aquella equivocación. Hace ya bastante tiempo que dejé de buscar la razón de mis ilusiones, mis visiones mentirosas.
No sé donde estás, quien te abraza por las noches, quien habla contigo hasta que caes rendido. Espero que alguien que se ajuste a como eres, a como quieres ser. Todavía me arrepiento de haber dicho lo que dije, olvidando las palabras reconfortantes que ambos sabíamos que podía decir y pero que jamás pronuncié. Siento cada gesto, cada mirada, cada silencio como una puñalada directa a mis sentimientos, los que se escurren entre las costillas con avidez a cada momento. Lo siento, aunque tengo la sensación de que eso ya sirve de poco. Te sigo queriendo, si es algo que te hace sentir mejor. Y tengo la certeza de que será eso lo que acabe por matarme, por si encuentras venganza saciada en mis palabras.
Te quiero… olvidar. Decirte adiós. Solo recordar aquellos años como tiempo pasado y vivido. Me es difícil. Espero conseguirlo antes de consumirme por completo.
Seré tuya… por ahora.

Dobló con habilidad la página, viendo como las letra se partían, como las frases perdían el sentido. Plegó, estiró, construyó. Un pequeño barco, que cabía en la palma de su mano, la miró. Lo observó. Era perfectamente imperfecto. Un segundo más, una respiración entrecortada más. Se acabó. Apoyó con cuidado la parte baja del pequeño bote en la superficie tranquila del agua. Se tambaleó unos segundos, amenazando con hundirse antes de zarpar. No lo consintió. Lo empujó mínimamente con la punta de los dedos, viéndolo avanzar con reconfortante tranquilidad. Y se alejó. Las palabras se marcharon lejos de ella, aligerando la presión en el pecho, bajando el volumen de las voces en la cabeza. Al final, el papel acabó por empaparse por completo, convirtiendo su pequeña creación en un amasijo verde oscuro que se derretía, como el helado en pleno verano. Lo perdió de vista una vez se hundió, apenas habiendo llegado a la mitad del estanque.
Ahora sus palabras jamás serían leídas, como el resto que, con gesto solemne, había mandado a un destino similar. Él jamás sabría lo que de verdad pensaba, lo que la atormentaba por las noches. Jamás conocería su arrepentimiento, los pensamientos que le dedicaba a lo largo del día. Mejor así, pensó mientras se ceñía el abrigo contra el cuerpo, levantándose del banco y caminando hasta la salida.
No tardaría en volver. Nunca lo hacía.


*  *  * 

La música es un elemento que puede resultar muy útil durante el proceso creativo. Muchas veces, para mejorar la concentración, se emplea música. En ocasiones ayuda a alcanzar “el ambiente”, o el ritmo, que un texto en particular requiere.
El ejercicio de esta semana consiste en escoger de 3 a 5 canciones sin pensarlo mucho. Elegir el orden de reproducción que más nos guste, o atrevernos con el aleatorio. Coger papel y boli, o abrir el archivo de Word. Cuando le deis al PLAY, empieza vuestro proceso de escritura. Y acaba en cuanto se acaben las canciones que habéis escogido. ¿De que vais a escribir, os va a dar tiempo a cerrar el texto, o quedará inacabado. El tiempo de escritura se acaba cuando la música deje de sonar (y se entiende que escogemos pocas canciones para llevarnos al límite de nuevo). La realidad del ejercicio es esa: tendréis poco tiempo.

En mi caso he elegido:

-This Town de Niall Horan.
-When We Were Young de Adele.
-When You Love Someone de James TW.
-Fresh Eyes de Andy Grammer.

Podéis contactar con Jen y Adri en su correo colectivodetroit@gmail.com

Y ahora las instrucciones habituales.

1. Leer el “enunciado” del ejercicio.
2. Interpretar el “enunciado” del ejercicio libremente.
3. Escribir lo que te sugiera. Pero con música de fondo.
4. Publícalo en tu espacio.
5. Cuéntanoslo para que podamos enlazarte tanto en los comentarios como por las redes sociales.
6. No olvides usar el hashtag #ColectivoDetroit, y disfrutar la participación al máximo.